Periodismo: de mi amor a la Mac al odio al SEO

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Durante días estuve dando vueltas para escribir sobre el periodismo, acerca de mí como periodista. Y me doy cuenta de que esta profesión elegida que me abre la puerta a los otros, al mundo, que me da de comer, que me apasiona tanto como me enoja, es sobre lo que, tal vez, más me cueste escribir. Porque son muchas cosas las que me cruzan y porque, si tengo que resumirla en una sola palabra, sólo puedo recurrir a comunicación.

Comunicación es una palabra tan linda, que suena tan linda, que pocas veces nos detenemos a observar todo lo que implica. Y mi historia, atravesada en parte por la falta de comunicación, parece haberme traído hasta acá desde muy chica para dar vuelta esa situación. Si no toda, parte de ella.

Siempre me gustó leer. En la primaria celebraba cuando llegaba la hora de la “redacción”, y formé parte del Club de Niños Lectores. En la secundaria elegí periodismo como una de las materias de los sábados desde segundo a sexto año, a la que acompañé, entre segundo y quinto, con Braille, y fue en estos últimos años que comencé a trabajar en la Emisora del Sol, una radio totalmente disruptiva en una Mendoza acostumbrada a otros patrones. Fueron años en que escribía para el periódico escolar, “traducía” libros en Braille (con plancheta y punzón, y haciendo los puntitos de derecha a izquierda), e iba a la radio. A mis 16 se abrió la carrera de Comunicación Social y mi decisión universitaria fue sencilla de tomar.

En esos primeros años de facultad dudé sobre en qué me gustaría trabajar. Di clases, fantaseé con convertirme en investigadora de la comunicación, rechacé la posibilidad de ser periodista. Hasta que comencé mi pasantía en la radio, me convocaron del diario Uno para hacer una colaboración – recorrer el tramo del camino del inca que va entre Mendoza y San Juan – y me sentaron frente a una Mac. Conté esa historia y no he dejado de hacerlo desde entonces, momento desde el que han pasado muchas cosas en el periodismo, en mi vida y en ella como periodista.

El periodismo siempre se ha tratado de contar historias, de comunicarlas, de hacer común entre muchas, entre muchos, eso que sucede, eso que está ahí para ser mirado, para que tenga la atención de quien o quienes corresponde, para que las cosas que están mal cambien, para que las que están bien contagien a otros, y hasta den esperanza. Comunicar es todo eso.

Es la esperanza de contar historias lo que se ha venido rompiendo en los últimos años. Así como me enamoré de una Mac como herramienta tecnológica para facilitar el proceso de comunicar, del que ya estaba comprometida, hoy detesto al SEO, esa sigla que refiere a las “estrategias” de posicionamiento en buscadores, esos artilugios a los que los periodistas nos hemos visto sometidos para que nuestras historias generen el click que aumenta el tráfico que vende publicidad. Esa dictadura del click que hace perder calidad. Que deja de lado el profesionalismo para ser picadores de historias que se repiten aún cuando no aporten nada nuevo, cuando no habiliten ni el debate, ni la discusión ni la puesta en común de nada constructivo.

Y no es porque el periodismo, a esta altura de la historia, no deba contemplar la parte comercial – con las frustrantes limitaciones que eso también genera – sino porque en estos tiempos el fundamento de contar historias está muy degradado, por efecto de la tecnología. Felizmente, hay excepciones donde el hecho de contar historias prevalece y resiste en un ambiente periodístico general al que me atrevo calificar como contaminado.

Lo increíble de todo esto es que, aún con estas decepciones que atraviesan a esta profesión, muchos de nosotros seguimos adentro, no nos vamos, porque no se encuentra la manera, porque no se puede, porque no se quiere. Y aún quienes toman otros rumbos no dejan totalmente esas ganas de contar historias, de algún modo lo hacen. Quien tiene el deseo de comunicar lo hace más allá del lugar en el que se encuentre. Y recurre, inclusive, a las herramientas tecnológicas disponibles, y su buen uso.

Para los que permanecemos en el periodismo esquivando al SEO, para los que se fueron pero lo hacen desde otro lugar, van estas palabras. La historia de la revolución que se estaba generando allá por 1810 y que comunicó Mariano Moreno en La Gaceta es lo que se celebra cada 7 de junio. Había que poner en común esas ideas que marcaron un momento de nuestra historia. Hoy es necesario que se sepa lo que pasa con nuestra actividad y con nosotros dentro de ella.

Se trata de comunicar, de resistir con la palabra, de transformar las cosas con su poder. A veces es más difícil, a veces sale sin obstáculos. Es el encanto del periodismo, eso que se siente tanto que por momentos cuesta explicar, tal como me sucede a mí, una trabajadora de la comunicación, una periodista.

Es la razón de este blog: contar otras historias, las que tal vez no sea vean en otros lugares, las que me gusten en lo personal, las que no dependen del SEO. Las que se cuelen en mi rutina diaria. Las que motivan mis ganas de comunicar, de compartir, de revelar. Las que me llevan a esa primera vez delante de la Mac en el diario UNO y, con idas y vueltas, premios y tropiezos, aciertos y equivocaciones, todavía me tienen acá.

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Soy licenciada en Comunicación Social, egresada de la Universidad Nacional de Cuyo. Estoy especializada en telecomunicaciones, tecnología y economía digital. Mis conocimientos sobre la industria vitivinícola vienen por defecto. En la secundaria me hacía machetes en Braille.